Visita los día 26 y 27 de abril de 2026 a las Cruces de flores de mayo de Piedrabuena
La siguiente Cruz de mayo en la que nos detuvimos fue la de la Peña «Los Castilleros», una asociación socio-cultural juvenil. Un cartel bastante grande, en el tejado de la asociación nos indica que allí está su cruz de mayo.

Dentro, nos encontramos con la típica cruz de mayo de brezo; es decir: hay piedras que simulan una cueva, hay agua, y también están presentes temas muy típicos de estas cruces como es un nido de codorniz, y, en este caso, también tenemos la cornamenta de un venado.
La luz con la que se ilumina la escena es de color violeta lo que le da un tono «místico» que crea una atmósfera de reverencia y calma, como si la cruz emergiera de un sueño vegetal.

La iluminación hace que la cruz casi se pierda entre las flores de brezo.
En la cruz hay una corona de espinas, pero con esa luz apenas se ve.


Tal como ya hemos dicho, las cruces de mayo son un cántico a la primavera, al renacimiento. No solo salen las flores, también surgen los nidos. Algunas aves, como las codornices, en esta época, instalan sus nidos entre las flores. El paseante que se encuentra con uno de ellos contempla el nacimiento y la esperanza de un nuevo ciclo.
La continuidad de la naturaleza, que se une al mensaje cristiano de resurrección.
El ciervo macho pierde sus astas cada invierno y las vuelve a hacer crecer en primavera, justo cuando se celebran las Cruces. Ese proceso —único entre los mamíferos— se interpreta como:
- Renacimiento
- Regeneración de la vida
- Fuerza que vuelve a brotar
- Victoria sobre el invierno

Por eso, colocar una cornamenta en la cruz es casi como decir: “La vida vuelve, la naturaleza resurge, lo viejo cae y lo nuevo nace.”
En la penumbra violeta de la cruz, el nido de codorniz y la cornamenta de ciervo se miran como dos estaciones del mismo milagro. El nido, frágil y tibio, guarda el secreto del comienzo, la vida que aún no ha dicho su primer latido. La cornamenta, en cambio, habla de lo que renace después de caer, del ciclo orgulloso con que el monte devuelve al ciervo su corona cada primavera. Entre ambos —huevos y astas, fragilidad y fuerza— la cruz se convierte en un pequeño evangelio de la naturaleza: lo que nace, lo que muere, lo que vuelve. Y el pueblo, al contemplarlo, reconoce en esos signos humildes la misma promesa que celebra desde hace siglos: la vida siempre regresa.


Y hay agua, en las cruces de brezo siempre hay agua. En un espacio cargado de flores, brezo y musgo, el agua aporta frescura, movimiento y sonido. Es la manera tradicional de “dar vida” a la cruz, de hacerla respirar.
Lamentablemente, con esa luz y con mi teléfono, la foto es malísima. Le he pedido a Meta.ai que me hiciera una versión como si fuera un cuadro al oleo clásico, en un entorno oscuro, recogido, un lugar para meditar. El resultado se ve a la derecha.
Aquí tienen un pequeño vídeo en el que se ve bastante bien los dos chorros de agua que están a los lados de la cruz.
Ya era de noche. Teníamos que volver al hotel para cenar, aunque por el camino vimos otras cruces preciosas.
Los lugares que tienen cruces están señalados por banderines. Por el día son dos cuerdas con banderines, pero lo la noche son mucho más bonitos.



En las próximas entradas veremos otras cruces.
Notas
[1]
Nota sobre fotos
Las fotos que se han utilizado, han sido realizadas por Félix Ares, Álvaro Ares y Vero y las licenciamos como Creative Commons. Attribution 4.0. International CC by 4.0. Puede usarlas, pero deben dar crédito a los autores y que se han sacado de la página https://felix.ares.fm
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