El amanecer: un ritual antiguo (Fuengirola)

9 de febrero de 2026

El milagro cotidiano del amanecer

Hay espectáculos que nunca se agotan, aunque los veas una y otra vez. Para mí, el amanecer es uno de ellos. Cada día parece reinventarse, como si el cielo tuviera un pincel caprichoso que decide estrenar una paleta distinta. A veces domina un amarillo intenso que despierta incluso antes que el sol; otras, los naranjas se mezclan con suavidad, como si el cielo quisiera desperezarse sin prisa. Y hay días en los que el rojo irrumpe con fuerza, casi teatral, recordándome que la naturaleza también sabe ser dramática.

Amanecer 9 de enero.

Observar el horizonte es un privilegio. Hay mañanas en las que el sol se deja ver desde el primer instante, emergiendo como un disco dorado que asciende con solemnidad. En otras, las nubes lo ocultan, pero aun así regalan un juego de luces que transforma el cielo en un lienzo vivo. Cuando el sol logra asomarse, el momento es apoteósico: los colores se intensifican, el mar se cubre de una estela vibrante y todo parece detenerse durante unos segundos.

El sol asoma su cabeza. Todavía muy cerca del lugar que lo hacia en el solsticio.

Y luego está ese instante mágico —tan breve como inolvidable— en el que el disco solar aparece completo, quizá suavizado por una ligera bruma que atenúa su brillo. Es un espectáculo majestuoso, irrepetible, que siempre me deja con la sensación de estar presenciando algo sagrado. No me sorprende que tantas civilizaciones antiguas lo venerasen; los egipcios, por ejemplo, lo elevaron a la categoría de dios: Ra.

Ra, el dios solar egipcio, en su cabeza el disco solar en todo su esplendor Con el rojo y el amarillo. La foto es de
fi:Käyttäjä:kompak, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1168926

Para ellos, el sol no era solo un astro: era un ciclo eterno de muerte y renacimiento, un recordatorio diario de que la luz siempre vuelve. Y cuando contemplo un amanecer especialmente majestuoso, entiendo perfectamente esa devoción ancestral. Homero lo resumió con una imagen que sigue siendo perfecta miles de años después: Eos, la de rosados dedos, se alzó trayendo la luz a los mortales.

La descripción de Homero es muy inspiradora. Me la imagino así:

Eos, la de los dedos dorados. Así me la imagino.

Aunque lo que yo imagino es a Eos como muchos rayos saliendo del sol (sus dedos rosados), a lo largo de la historia ha habido muchos pintores que la han soñado de otras formas. Por ejemplo Evelyn de Morgan, la veía así:

Eos, la de rosados dedos, se alzó trayendo la luz a los mortales. Por Evelyn De Morgan – not provided, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=260834

Ovidio en «Las Metamorfosis» escribe el amanecer con su estilo característico: imágenes suaves, colores delicados y un tono casi pictórico: “La Aurora abría las puertas del cielo teñidas de azafrán«. Donde yo hablaba de amarillos y rosas, Ovidio habla de azafrán, que no está muy lejos.

L’Aurore or Dawn (1881). Por William-Adolphe Bouguereau – Sean Pathasema, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=19048128

Cada amanecer es distinto, pero llega siempre en silencio, como un susurro que despierta al mundo sin exigir nada a cambio. Primero tiñe el cielo de un resplandor tímido, casi un rubor, y luego va desplegando colores que parecen nacer de un ritual antiguo, repetido durante siglos, milenios y hasta eones. La luz avanza despacio, acariciando el mar, las nubes, los tejados, como si quisiera recordarles que todo empieza de nuevo. Y en ese instante suspendido, cuando el día aún no es día y la noche ya se ha rendido, uno siente que la vida respira con más hondura, como si el universo entero se abriera para dejarnos pasar.


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Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con

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De tapas y otras cosas por Fuengirola © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de felix.ares.fm

En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero.


Contacto con nosotros; el motivo de que no sea una imagen clara es para evitar que los robots la descubran y nos inunden el buzón de basura.

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Luna rota

8 de febrero de 2026

Paseaba por la acera de una calle ancha. A ambos lados había coches aparcados y, cada cierto tramo, contenedores de basura. Al pasar junto a uno de ellos, justo al lado de varios coches, me encontré con la escena que muestro en la foto: el suelo cubierto de pequeños fragmentos de cristal.

Cristales en el suelo

Cristales rotos he visto muchas veces, pero normalmente los trozos son de tamaños muy distintos y suelen ser bastante más grandes. Esta vez me llamó la atención la uniformidad: muchísimos fragmentos pequeños, muchos de ellos con formas rectas y sorprendentemente poligonales. Me pregunté de inmediato: ¿qué puede ser?

Muchos trozos muestras figuras geométicas.


Ese tipo de rotura es típico del vidrio templado, un material que, al fracturarse, se desintegra en multitud de trocitos para evitar cuchillas peligrosas. Entre esos fragmentos es habitual encontrar piezas con formas rectangulares o cuadradas, resultado de las tensiones internas del vidrio.

Detalle de algunos trozos.

Al fijarme mejor, vi que algunos trozos eran ligeramente curvos y que no todos tenían el mismo grosor. Ese detalle es muy característico de ciertos usos del vidrio templado, especialmente en elementos que no son completamente planos. Todo apuntaba a que no se trataba de una ventana doméstica ni de una mesa de cristal, sino de algo diseñado con curvatura.

Algunos trozos eran ligeramente curvos y que no todos tenían el mismo grosor. Ese detalle es muy característico de las ventanillas de automóvil, que rara vez son completamente planas. Todo apuntaba a que la luna lateral de algún coche había estallado allí mismo.

Imaginé entonces la escena unas horas antes. El dueño del coche llega por la mañana, quizá con prisa, quizá medio dormido, y se encuentra con la ventanilla hecha añicos. Antes de poder siquiera pensar en lo que le hayan robado —si es que se llevaron algo— tiene que enfrentarse a la molestia inmediata: retirar los restos del asiento, del suelo, de los huecos imposibles donde siempre queda algún cristal escondido. Después, llevar el coche al taller para poner una luna nueva. Y esperar. Porque es posible que no la tengan en stock. Y si no la tienen, varios días sin coche. Y un coste que nunca viene bien. Una pena.

Y mientras pensaba en el dueño del coche, también me vinieron a la cabeza los barrenderos. Alguien tendría que recoger todo aquello. Una tarea ingrata: miles de trocitos diminutos, que se escurren entre las cerdas de la escoba, que se esconden entre las grietas del asfalto, que brillan al sol como si se resistieran a desaparecer. Ellos, que ya tienen bastante con lo suyo, tendrían que dedicar un buen rato a dejar la acera limpia, como si nada hubiera pasado.

Barrendeos recogiéndo los cristales.

Mientras pensaba en todo eso, me dio por imaginar también la perspectiva del propio cristal. Antes estaba completo, cumpliendo su función: proteger, aislar, dejar pasar la luz. Ahora se encontraba reducido a cientos de fragmentos inútiles, esparcidos por el suelo. Su vida, tal como era, había terminado. Aunque quizá no del todo. Tal vez tenga una segunda vida en el reciclado, fundido y transformado en algo nuevo. Quizá vuelva a ser ventana, botella, adorno o cualquier otra cosa que aún no imagina.

Y ya que estaba dándole vueltas, recordé cómo se fabrican estos vidrios templados: se calientan a temperaturas muy altas y luego se enfrían bruscamente. Ese choque térmico crea tensiones internas que los hacen más resistentes, pero también determina su destino: cuando se rompen, no se quiebran en láminas, sino que estallan en una lluvia de pequeños fragmentos. Es un diseño pensado para proteger, aunque su final sea tan espectacular como el que encontré aquella mañana.


¿Alguna vez se os ha caído un plato de cristal y, al tocar el suelo, se ha deshecho en cientos de pedacitos diminutos que apenas cortan? Eso es un plato hecho con vidrio templado.

Plato de vidrio templado.

El mismo tipo de vidrio que, aquella mañana, yacía esparcido junto al contenedor y los coches aparcados. El mismo que formaba parte de una luna lateral que, hasta hace unas horas, cumplía su función sin que nadie reparase en ella.

A veces, la luna rota no se refiere a los cristales de los coches, se refiere a nuestro satélite. Si el plato no hubiera sido de vidrio templado podría haberse roto en trozos grandes, y, tal vez, hubieran podido reflejar la Luna rota.

Luna rota.

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Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con

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