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Luna rota

8 de febrero de 2026

Paseaba por la acera de una calle ancha. A ambos lados había coches aparcados y, cada cierto tramo, contenedores de basura. Al pasar junto a uno de ellos, justo al lado de varios coches, me encontré con la escena que muestro en la foto: el suelo cubierto de pequeños fragmentos de cristal.

Cristales en el suelo

Cristales rotos he visto muchas veces, pero normalmente los trozos son de tamaños muy distintos y suelen ser bastante más grandes. Esta vez me llamó la atención la uniformidad: muchísimos fragmentos pequeños, muchos de ellos con formas rectas y sorprendentemente poligonales. Me pregunté de inmediato: ¿qué puede ser?

Muchos trozos muestras figuras geométicas.


Ese tipo de rotura es típico del vidrio templado, un material que, al fracturarse, se desintegra en multitud de trocitos para evitar cuchillas peligrosas. Entre esos fragmentos es habitual encontrar piezas con formas rectangulares o cuadradas, resultado de las tensiones internas del vidrio.

Detalle de algunos trozos.

Al fijarme mejor, vi que algunos trozos eran ligeramente curvos y que no todos tenían el mismo grosor. Ese detalle es muy característico de ciertos usos del vidrio templado, especialmente en elementos que no son completamente planos. Todo apuntaba a que no se trataba de una ventana doméstica ni de una mesa de cristal, sino de algo diseñado con curvatura.

Algunos trozos eran ligeramente curvos y que no todos tenían el mismo grosor. Ese detalle es muy característico de las ventanillas de automóvil, que rara vez son completamente planas. Todo apuntaba a que la luna lateral de algún coche había estallado allí mismo.

Imaginé entonces la escena unas horas antes. El dueño del coche llega por la mañana, quizá con prisa, quizá medio dormido, y se encuentra con la ventanilla hecha añicos. Antes de poder siquiera pensar en lo que le hayan robado —si es que se llevaron algo— tiene que enfrentarse a la molestia inmediata: retirar los restos del asiento, del suelo, de los huecos imposibles donde siempre queda algún cristal escondido. Después, llevar el coche al taller para poner una luna nueva. Y esperar. Porque es posible que no la tengan en stock. Y si no la tienen, varios días sin coche. Y un coste que nunca viene bien. Una pena.

Y mientras pensaba en el dueño del coche, también me vinieron a la cabeza los barrenderos. Alguien tendría que recoger todo aquello. Una tarea ingrata: miles de trocitos diminutos, que se escurren entre las cerdas de la escoba, que se esconden entre las grietas del asfalto, que brillan al sol como si se resistieran a desaparecer. Ellos, que ya tienen bastante con lo suyo, tendrían que dedicar un buen rato a dejar la acera limpia, como si nada hubiera pasado.

Barrendeos recogiéndo los cristales.

Mientras pensaba en todo eso, me dio por imaginar también la perspectiva del propio cristal. Antes estaba completo, cumpliendo su función: proteger, aislar, dejar pasar la luz. Ahora se encontraba reducido a cientos de fragmentos inútiles, esparcidos por el suelo. Su vida, tal como era, había terminado. Aunque quizá no del todo. Tal vez tenga una segunda vida en el reciclado, fundido y transformado en algo nuevo. Quizá vuelva a ser ventana, botella, adorno o cualquier otra cosa que aún no imagina.

Y ya que estaba dándole vueltas, recordé cómo se fabrican estos vidrios templados: se calientan a temperaturas muy altas y luego se enfrían bruscamente. Ese choque térmico crea tensiones internas que los hacen más resistentes, pero también determina su destino: cuando se rompen, no se quiebran en láminas, sino que estallan en una lluvia de pequeños fragmentos. Es un diseño pensado para proteger, aunque su final sea tan espectacular como el que encontré aquella mañana.


¿Alguna vez se os ha caído un plato de cristal y, al tocar el suelo, se ha deshecho en cientos de pedacitos diminutos que apenas cortan? Eso es un plato hecho con vidrio templado.

Plato de vidrio templado.

El mismo tipo de vidrio que, aquella mañana, yacía esparcido junto al contenedor y los coches aparcados. El mismo que formaba parte de una luna lateral que, hasta hace unas horas, cumplía su función sin que nadie reparase en ella.

A veces, la luna rota no se refiere a los cristales de los coches, se refiere a nuestro satélite. Si el plato no hubiera sido de vidrio templado podría haberse roto en trozos grandes, y, tal vez, hubieran podido reflejar la Luna rota.

Luna rota.

[1]


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En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero.


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