31 de diciembre de 2024
El día 30 de diciembre iniciamos un viaje de tres días, organizado por Juan Alcaraz. El centro de nuestras actividades estaba en el hotel Salobreña Suites. Desde allí vimos muchas cosas muy interesantes. Iré contándolas poco a poco. En esta entrada hablaré de la cena de fin de año 2024 y llegada de 2025.
Fue una cena típica de la despedida del viejo año 2024 y comienzo del nuevo 2025.
Poco antes de ir a la cena estuve pensando que estábamos celebrando unas fiestas que tienen, como mínimo, cuatro mil años. Las primeras noticias que tenemos son de Mesopotamia, aunque nada nos dice que no se celebrasen antes. Aunque había una diferencia muy clara. Nosotros celebramos el solsticio de invierno. El sol ha llegado a su punto más bajo y a partir de ahí empieza a subir. Podemos decir que el sol ha renacido. Sin embargo, en Mesopotamia se celebraba el equinoccio. Entre lo que hoy es marzo y abril.
Siempre me sorprende que, realmente, el que celebremos el nuevo año, en nuestra cultura, heredera de los romanos, sea debido a una idea de Julio César. Los calendarios existentes en Roma y Grecia antes de Julio César eran terriblemente malos y confusos. Fue su amistad con Cleopatra la que le hizo usar, en el Imperio romano, el calendario que lleva su nombre: juliano, que era mucho mejor que todos los anteriores, y que se empezó a utilizar el año 46 aC.
Pero para César había un problema. En su época las campañas guerreras comenzaban el día de año nuevo (recordemos que ese día era en el mes de marzo). Es decir, comenzaban las guerras con buen tiempo, pues en invierno era muy difícil movilizar un ejército, por diversos motivos, desde los fríos que obligan a los soldados a llevar muchísima carga, hasta la falta de alimentos. Pero César se encontró con otro problema. Salía de guerra con soldados sin adiestrar. Él sabía que se necesitaban tres meses par formar a sus soldados. Así que se le ocurrió la idea de que el año comenzara tres meses antes: en vez del 1 de marzo, el 1 de enero. Y de ahí procede nuestra celebración del fin de año, el 31 de diciembre.
Obviamente, hay muchas más connotaciones. No solo fue el capricho de César. En Roma, desde el siglo III aC, había un culto religioso a una divinidad solar. Fue en el año 274 aC, bajo el emperador Aureliano, cuando el culto al sol se convirtió en la religión oficial del imperio. Los romanos habían observado que la mayor altura del sol alcanzaba sus mínimos hacia el 24 de diciembre (obviamente ellos no lo llamaban 24 de diciembre). Digamos que ellos sabían que el sol alcanzaba su mínima altura en el «solsticio de invierno», que para nosotros es aproximadamente el 21 de diciembre, pero para los romanos era el 24. El día siguiente, el 25, el sol empezaba a elevarse: renacía. El sol que parecía que había sido derrotado e iba a morir, con días cada vez más cortos, poco a poco renacía. Los días se iban alargando. El día 25 nacía de nuevo el sol. El que parecía haber sido derrotado renacía «Dies Natalis Solis Invicti». El sol volvía a nacer, no había sido derrotado, el sol siempre renacía no había sido vencido.
Recuerdo con emoción los evangelios apçocrifos en los se dice que cuando Jesús está punto de apagarse (solsticio de invirno) María Magdalena le da la mano y le ayuda sobrevivir, a renacer, a levantarse nuevo.
Así que quizá, en la idea de Julio César de celebrar el principio de año, el 1 de enero, no solo tenía connotaciones guerreras, que sin duda las tenían, también pudo influir la religión solar y la festividad del Sol Invictus.
El caso es que aquí estamos nosotros, herederos del Imperio romano, celebrando el fin de año el 31 de diciembre de una reforma al año establecido por Julio César y el nuevo año el día siguiente, 1 de enero.
1 de enero. Enero deriva del nombre Jano, el dios con dos caras. Una de ellas mira al pasado, en nuestro caso el año 2024 y la otra mira al nuevo año: 2025.
Creo que me he enrollado como la pata de un romano.
Vayamos a lo sencillo, a nuestra cena.
Tuvimos que comprar la entrada.
La palabra cotillón me trae recuerdos extraños. Mi abuela decía que el tío Pepe era un cotilla. Así que la palabra cotillón me hace pensar en un tío muy grande que siempre está curioseando sobre la vida de los demás: un gran cotilla (o dicho de otro modo, los programas «del corazón» de Tele5) ¡Qué asco me dan!
El Centro de Convenciones, en el que se celebra la cena, está un poco alejado de las habitaciones del hotel. El camino está adornado con palmeras iluminadas.
Tras pedirnos la entrada, nos llevan a la recepción donde nos ofrecen unas copas de vino espumoso rosado de la marca Ordal.
Ese mismo vino y de esa misma marca fue lo que nos ofrecieron en la fiesta de San Valentín de 2024 en este mismo hotel. El problema: en San Valentín hubo tantas copas como quisiéramos. ¿Si les digo que tome unas diez se lo creerían? En este caso logré tomar dos. ¡Atención! No digo que alguien con más ganas de pelea que yo, no pudiera haber cogido muchas más copas. Es que yo no tenía ganas de pelear por una puñetera copa de un vino espumoso mediocre. Tras pagar 130 € por una cena, esperaba más calidad.
Por fin, logramos enterarnos de dónde estaba el comedor y subimos (sí, había que subir) en ascensor hasta ese piso.
Al llegar a nuestra mesa, teníamos, perfectamente impreso, en un folleto, que estimo bastante caro de imprimir, el menú de aquella noche.
La carta no estaba nada mal, pero hasta que nos sirvieron el primer plato pasó una eternidad. El ruido (eso que algunos llamaban música) era infernal. No se podía hablar. Era horroroso. Demasiado alto.
Entre plato y plato pasaban siglos. El personal era amable y se desvivían, pero era escaso. Puedo entender una escasez de personal en muchos sitios, pero en una cena de 130 € me cuesta entenderlo. Y sobre todo me cuesta mucho más entenderlo cuando en San Valentín todo fue mucho mejor, más fluido, más amabilidad…
En fin, que cada momento que pasaba me iba enfadando… Aquella vulgaridad no merecía pagar 130 €.
Y sobre todo estaba la comparación. De la noche de San Valentín, en aquel mismo sitio, quedé muy satisfecho. En esta ocasión, casi todo me pareció exagerado. Una música terriblemente alta que no permitía hablar, entre plato y plato no solo habíamos hecho la digestión, sino que ya estábamos cansados y hartos.
Insisto, el personal se desvivía, pero era insuficiente. Faltaban camareros.
Cuando nos sentamos, tras la odisea de saber dónde demonios estaba el comedor, la mesa estaba bien puesta.
Me alejo un poco, para que ustedes vean la mesa completa.
Todo en el salón estaba decorado con motivos navideños. Estaba muy bien.
Los camareros empezaron a distribuir la cena.
¿Qué quieren que les diga? Unos canapés, de tamaño de pitufo. Aunque el sabor era excelente. Hay que felicitar al cocinero jefe.
Lo siguiente que nos trajeron, tras una espera «de siglos» fue crema de setas trufada.
Tengo que reconocer que estaba buena (el cocinero sabía lo que hacía), pero el enorme tiempo entre plato y plato y el ruido infernal del «disc jockey» lo hicieron bastante desagradable.
El siguiente plato fue bacalao. Estaba bueno, pero por el tiempo transcurrido entre plato y plato, se me habían quitado las ganas. Entiendo que es un problema mío. Creo que mucha gente puede quedarse satisfecha de este plato. Pero para mí ya era tarde. Ya estaba harto de aguantar un ruido tremendamente alto.
Después, un poco sorpresivamente, nos sirvieron un sorbete de naranja.
Posteriormente, vino un solomillo de cerdo ibérico. Estaba bueno. Bien hecho.
El solomillo era excelente. Sin duda, el cocinero (que no sé quién era) hizo una labor muy buena.
Pero el tiempo transcurrido entre plato y plato fue tan enorme que lo que yo quería era irme a la cama. Estaba harto de esperas y de ruido insoportable que llamaban Disc Jokey.
La carne (muy bien preparada por el Chef) estaba acomunada por chalotas.
Al final llegó el postre que en la carta habían llamado «homenaje al chocolate».
Y así terminaba la cena.
No me gusta ser negativo, pero en este caso la sinceridad no me deja otra opción. En la fiesta de San Valentín de 2024 todo fue muy bien. Me gustó. Me gustó la comida. Me gustó el ritmo de los acontecimientos. Pero en esta ocasión (fin de año) no me ha gustado. Aun así creo que es necesario y obligatorio separar temas:
- Cocina. Excelente. Los cocineros hicieron una cena magnífica.
- Camareros. Hicieron lo que pudieron. Se desvivieron. No tengo ninguna queja. Todo lo contrario se mostraron muy amables. PERO eran pocos, no daban abasto. Sudaban. Corrían… algo no iba bien, pero no eran ellos.
- La música excesivamente alta. Se supone que durante una cena o una comida lo interesante es una conversación entre todos los de las mesas. El ruido era tan infernal que no se podía hablar.
- Decepción. En San Valentín me gustó. Ahora me sentí despreciado. Tener que pedigüeñear una bebida no está en mis estándares. Si hubiera pagado cincuenta euros lo entendería, pero pagué 130 € por persona, éramos dos, así que haga usted la suma.
Me siento decepcionado. Lo que recibí no estaba a la altura.
No me gusta criticar a nadie. Mi filosofía siempre ha sido: si me gusta hablo de ello, pro si no me gusta lo ignoro.
Este caso es terriblemente confuso, pues ni me ha gustado ni me ha disgustado tanto que decida no hablar de ello.
Mis sentimientos son confusos. Estoy seguro del buen hacer del hotel Salobreña Suites. Fui testigo de lo bien que hicieron la fiesta de San Valentín de 2024, pero el fin de año de 2024 ha dejado mucho desear. No todo es malo y no todo s bueno, pero quizá convenga recordar que la entrada me costó 130 € por persona.
Soy consciente de e Juan Alcáraz trató de conseguir lo mejor para nosotros. Pero, el hotel no respondió anuestras espèctativas (al menos a mis espectativas).
¿Malo? No. ¿Excelente? Tampoco.
Notas.
[1]
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con
De tapas y otras cosas por Fuengirola © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de felix.ares.fm
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero.
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