5 de abril de 2026
Hay recuerdos que se quedan grabados no por el lugar, sino por la mezcla improbable de circunstancias que los rodean. El 20 de julio de 1969, mientras el mundo contenía la respiración ante la llegada del ser humano a la Luna, yo estaba en la Academia de la Instrucción Premilitar Superior (centro paralelo a la Academia General Militar de Zaragoza) en El Robledo, en Segovia, cerca de La Granja de San Ildefonso. Vivíamos en tiendas de campaña, nueve cadetes por tienda, y el mayor lujo era que no lloviera.
Pero aquel verano, en mi tienda, había un detalle que lo cambiaría todo: uno de mis compañeros era cuñado de Neil Armstrong. Sí, del mismísimo primer hombre que iba a pisar la Luna.
La televisión prohibida… salvo para un Armstrong
Las normas militares eran claras:
prohibidísimo tener una televisión.
Y además, ¿quién iba a tener una tele portátil en 1969?
Pues bien, el cuñado de Neil pidió permiso para instalar una. Y se lo concedieron. Y como vivíamos en la misma tienda, me lo concedieron también a mí. Aquello ya era ciencia ficción antes de que empezara la retransmisión.
Montamos el televisor —de 220 voltios— fuera de la tienda, alimentado con baterías de coche y un inversor. Una obra de ingeniería improvisada que hoy haría sonreír a cualquier técnico, pero que entonces nos parecía tan natural como respirar. Ingeniería que hicimos nosotros, los cadetes.
Y allí, bajo el cielo de Segovia, todos los de la tienda vimos cómo Neil Armstrong bajaba del módulo lunar.
🚀 El cadete que explicaba la Luna a capitanes y comandantes
Yo llevaba años siguiendo el programa espacial con pasión. Así que, mientras los demás miraban la pantalla, los capitanes y comandantes que se acercaron a nuestra tienda me preguntaban:
- ¿Cómo habían llegado?
- ¿Qué propulsor usaba el Saturno V?
- ¿Cómo era la atmósfera dentro del módulo lunar?
- ¿Cómo despegarían de la Luna?
- ¿Cómo regresarían a la Tierra?
Y yo, sin darle importancia, iba explicando todo lo que sabía. Tanto hablamos, tanto expliqué, tanto nos quedamos embobados con la Luna… que casi nos pilló la diana.
🥱 La diana, las botas… y el detalle que faltaba
Dormí tan poco que, cuando sonó la diana, salí a formar con botas, gorra y… calzoncillos.
Solo calzoncillos. Las normas, que nos habían explicado eran que al toque de diana teníamos que salir con botas y gorra. Nada más. Los calzoncillos eran opcionales, pero, a mi no me hacía gracia salir con los “güevos” al aire.
La Luna me había dejado en órbita.
El día transcurrió como siempre: clases impartidas por sargentos que explicaban cosas que yo, como ingeniero de telecomunicaciones, conocía al dedillo. Pero aun así aprendí muchísimas cosas prácticas: tender líneas telefónicas, localizar averías por kilómetros, montar enlaces de microondas… y también descubrí que no todos los especialistas militares eran adeptos a Franco. Más bien lo contrario.
🎤 Mi gira lunar por El Robledo
Lo mejor vino al día siguiente.
El comandante de la unidad de zapadores apareció en nuestra tienda para pedirme que diera una charla sobre la llegada a la Luna.
A mí.
Un simple cadete.
Mi capitán me autorizó, y di la charla a los zapadores. Luego me la pidieron los artilleros. Después la caballería. Y así, uno tras otro, terminé dando conferencias sobre la Luna a todos los cadetes de El Robledo.
Cuando me despedí, el día siguiente de jurar la bandera, los zapadores vinieron a mi tienda y me rindieron honores.
Me emocioné.
🚗 El otro viaje: Robledo–Madrid en 59 minutos
Pero, mientras yo hacía de divulgador improvisado, lo que de verdad esperaba con impaciencia era el fin de semana siguiente. Tenía un SEAT 124 que para mí era un cohete más rápido que el Saturno V, y con él volaba desde El Robledo hasta Madrid.
Robledo–Moncloa en 59 minutos. (Hoy creo que estaba loco, con aquellas carretereas aquel tiempo era una locura).
Hoy me parece una locura, pero entonces era pura necesidad: quería ver a Isabel.
¿Mi novia? Aquella palabra nos sonaba antigua, casi rancia. No sabíamos muy bien cómo llamarlo, pero dejémoslo en novia. El caso es que, como dice el refrán, tiran más dos tetas que dos carretas, y yo conducía como si la gravedad lunar también se aplicara a mi coche.
🌙 Lo que queda cuando miro la Luna
Terminé mi formación militar con un estudio serio sobre la transmisión troposcattering, probablemente el experimento científico más riguroso que hice en aquellos años. Pero, cuando pienso en ese verano, no recuerdo los cálculos ni los enlaces de microondas.
Recuerdo una tienda de campaña en Segovia, un televisor imposible alimentado por baterías de coche, un grupo de cadetes medio dormidos mirando a la Luna… y un joven que, sin saberlo, estaba viviendo dos viajes a la vez: uno hacia el futuro de la humanidad, y otro hacia el suyo propio, con un 124 que rugía camino de Madrid.
HOY 2026: Miro las noticias. Quiero saber si los astronautas de Artemisa II se acercan a la Luna y si volverán.
¿Volverán? Creo firmemente que sí.
Notas
[1]
Nota fotos y texto. Salvo las fotos que tienen un agradecimiento específico, como por ejemplo Wikipedia, son nuestras y las licenciamos con
De tapas y otras cosas por Fuengirola © 2024 by Félix Ares is licensed under CC BY-SA 4.0 . Debe indicarse que está creado a partir de una obra de felix.ares.fm
En esta ocasión he contado con la colaboración de Vero. Las fotos están en muy baja resolución. Si alguien está interesado en obtenerla con mayor resolución, que me las pida.
Contacto con nosotros; el motivo de que no sea una imagen clara es para evitar que los robots la descubran y nos inunden el buzón de basura.
O bien rellenar el siguiente formulario:https://www.youtube.com/embed/u1T5csbw9Ww?si=OvhAFtZnEd2otLs3




